Lo que queda de mis ojos permanece cerrado, no necesito ver.
Siento como varios árboles son atravesados por mi inexistente cuerpo.
En este mundo que transcurre bajo la luna llena, en el que los siglos pasan como horas, nada parece tener sentido.
Un par de aquellos ruidosos seres miembros de ese mundo al que yo antaño pertenecí se abren paso entre los árboles, obligándome a mirarlos.
Poseen un cuerpo, una forma que se puede tocar, que se puede ver. Algo nuevo surge dentro de mi existencia, algo que no experimentaba desde el día de mi muerte, hace demasiado tiempo.
Envidia. Envidia, perfecto, lo primero que logro sentir en más de cien años es este horrible mal del hombre.
Pero mientras miro a esa pareja de enamorados, tocándose, besándose, cogidos de la mano, lo único que puedo pensar es en que daría todo cuanto me queda por poder sentir una pizca de ese amor, por poder volver a sentir de nuevo todo lo que reconforta un abrazo, lo que se entrega en un beso.
Las horas pasan, y yo no me puedo mover del sitio, no puedo dejarme arrastrar por el viento de nuevo. Tan absorta estoy que a duras penas me doy cuenta de que el amanecer se acerca y yo debo volver al lugar por donde mi alma vaga eternamente cuando el astro rey baña con su luz la piel de los vivos.
En tan solo unas horas mi infinita paciencia parece inexistente esperando el momento de salir y poder ver ese amor que se escapa por cada uno de los poros de esos dos humanos que visitaban el claro del frio bosque.
Rápidamente, dejando atrás en un suspiro a los otros espíritus errantes cruzo la línea que se abre en el crepúsculo, la que separa el mundo de los vivos del de las tristes almas en pena.
Otra vez, me dejo arrastrar por la suave brisa que se dirige al interior del frío bosque, a ese claro bañado por la luz de la luna.
En un acto involuntario dejo que mi esencia bañe todo cuanto ilumina la luz de la noche, ansiosa por empaparse de ese amor que ya parece llegar por los límites del lugar.
Esta vez me fijo en cada detalle, en cada beso, cada caricia, cada susurro… y consigo lo que quería, poder notar el sentimiento ardiente que se palpa en el aire, fusionándose con mi existencia.
La noche pasa, y cada palabra me ata más y más a ese sentimiento.
Veo desde múltiples puntos de vista como mi esencia acomoda la naturaleza a sus cuerpos entrelazados.
El sol comienza a asomar por el lejano horizonte, y sé lo que me puede pasar si su luz me traspasa, pero no me importa, no si así puedo seguir sintiendo eternamente esto en cada uno de los rincones de mi inexistente cuerpo.
Por eso no tengo miedo cuando noto el calor atravesarme, cuando lo veo reluciendo sobre los cuerpos dormidos de los amantes.
Y así, completamente satisfecha, noto como la voz del alma en pena se congela dentro de mí, atándome para siempre a ese lugar mágico. Puede que aquellos que han hecho que esto pase no regresen nunca a traer su amor hasta mi, pero ya es demasiado tarde, yo ya formo parte de ellos, ya formo parte de ese sentimiento grande como el océano y puro como el cristal.
-Fin-

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